Y la idea de volver se convierte en necesidad, en mesura, en la posibilidad de cruzar al otro lado. Y hay una urgencia en las palabras, por salir, por correr, por cachetear el silencio en que estuve sumergido.
¿Qué sería yo sin la posibilidad del significado, sin la quinta pata de las palabras? ¿Qué sería de mi habitación vacía, de mi santuario invisible a la espera del lenguaje?
Ya todo está en ruinas, ya no queda ni humo, ni posibles muertos para desenterrar, ni bombas a punto de estallar.
Solo queda mi visión del mundo, mis palabras, mis múltiples sentidos, todas mis voces y ninguna posibilidad de redención.
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Ni lluvia de estrellas, ni viaje al más allá. Solo esta noche incomunicada, incautada en el silencio de una espera.
¿De que color será el dolor de las horas, que mueren en la conciencia de que nada vendrá, ni siquiera a matarme?
A merced de este muro de piedra, en las frases; obstruyendo el sentido del lenguaje, busco el sueño volátil, de algún olvido transitorio.
Las cosas se han quedado sin su sombra. Las palabras sin silencio.
Una flor, no muy lejos de la orilla, se muere en la mano del viento.
¿Nos han apagado el sol? ¿O se ha quedado ciego el jazmín?
Batallas escondidas dentro de una botella, canciones esdrújulas, aviones que se llevan amores y amores que nunca terminan de mostrarse.
Camino solo en esta noche con la memoria en la mano y vienen palabras, laberínticas, resecas, acostumbradas a mi doble condición.
Las horas, como las palabras; venidas de una secta sin tiempo, acusan en mis ojos el dolor rojo de mi aliento. Horas petrificadas a los pies de mi cama, me miran, como las palabras, esperando que nada no pase.
Y solo me abrigo de pequeños incendios que nada incineran, solo yo del otro lado del espejo.
Quiero vivir. No obstante mueren en mi boca, tocan a mi puerta, fantasmas del viento; en busca de mi temblorosa sangre.
¿Acaso este crepitar en los pulmones inacabados de mi niñez, se deba a esta muerte entre mis ojos?
Que importa si el día se desmaya en el muro de los suicidios cotidianos, quiero habitar en la otra orilla, quiero el silencio que abraza... ¡hasta que no exista más un yo!
Cuando me pregunto del amor, solo puedo reconstruir una figura; la de una llave. La sola idea me produce escalofríos. Quizás porque la llave remita a la jaula, al olvido, al verdugo. Fantasmales migajas de quien se ha entregado al amor.
Nada murmura al costado de mi herida y no obstante me duele. Como si al mago le hubieran roto su sombrero para conejos. Como si al horror le hubieran quitado mi cuerpo y solo quedasen escombros. Pero si algo me salva, solo la princesa de los libros lo sabe. Mientras escribo esto, el vacio se llena de nada y todo se reduce a un hospicio, en donde yacemos, mi sombra y yo.
Que voy hacer cuando la sombra de mis manos, acariciando la fugaz ausencia de tu alma, se duerman sin más propósito que el de escribir, en una vieja pizarra, el mensaje que me salve de este mundo de ellos. En que truncado jardín irán a dormir los hospicios de mi soledad, si solo me proyecto en el espejo de tu sonrisa de princesa, aunque otro perro te ladre.