Cuando las palabras no definen; cuando no sentencian la llegada de una necesidad; cuando se forman continentes de hielo en torno a sus limites; cuando una palabra es un látigo que se nos da para el silencio y no para la carne; cuando las palabras hacen la brecha, ese imposible tan pequeño y al mismo tiempo tan hondo, que si tiro mis manos, quedarían reducidas a nada por acción del aire y la velocidad. No tengo horarios donde esconderme, ni pasos para hacer el camino; creo que jamás los tuve, que siempre mire al suelo como algo lejano y mórbido. Porque cuando deseo que las palabras sean una sola alma en el sonido de palabras pronunciadas por ti, solo me queda ese desierto que no entiendo, que me construí en la ciénaga de los días. Entonces torno a subirme en ese mismo silencio, esperando que un viento me arroje lejos de tu silencio, hacia donde tu pensamiento habita. Entonces no pasa nada, hace tanta soledad que el viento es una promesa rota por el destino. Entonces me queda mirar las manos escribiendo en la espesura de mi noche y entender que por más que pronuncie las palabras, tu regalas el silencio, la nada, lo transparente, la fatal omisión, la carencia de un lenguaje que no quise carente de voces ni sonrisas.
Para Casita de Sueños


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