He decidido ir a comer a un restaurante de esos que tienen como típica atracción la siguiente frase “El arte del buen comer con los dientes libres de ataduras”. Ya me habían advertido de dicho sitio, dos personas ajenas a mi conocimiento: Advertidor número primero “Cuando vaya a dicho local, procure dejarse en su casa después de salir, todo tipo de dentaduras falsas o chabacanas”; Advertidor número segundo “Coma bien haga lo que guste pero nunca de parado, sale más caro y no se permite husmear las mesas vacías donde comen otros porque esta muy mal visto”
Por lo pronto era martes, tan pronto que todavía era viernes, día típicamente reservado para salir a comer fuera de casa y, ese martes tenía todos los atributos de los demás días de la semana. Si uno miraba hacia el sol tenía la leve impresión de tener cara de domingo. Si extendía demasiado los brazos tanto que buscase tocar a algún ocasional individuo, la ausencia de potenciales humanidades, denotaba un día característicamente feriado o día lunes o miércoles o jueves. Por ultimo llegamos a ese día que nunca es martes, en donde uno no se encuentra y anda perdido buscándose, mientras su “desaparecido yo” lo busca a usted con cinco minutos de retraso por los sitios donde nunca anduvo uno.
Por lo tarde llegue al lugar (Restaurante Impersonal) con aire resuelto y tan buen servicio tienen aquí, que me fabricaron en mis propias narices una mesa con cuatro patas y pusieron de estreno una silla que esperaba toda nerviosa y entumecida, recibir con virginidad y solidaridad mi húmedo trasero. Comí con tanta hambre que me había olvidado de pedir la carta al muchacho encargado de traérmela, enseres estos por cierto y por ciento domésticos en el área de la gastronomía. Advierta aquí, estimado y nunca desprotegido lector de biblioteca, que hice caso totalitario al advertidor número dos y solo me limite a desentrañar la ausencia de mi plato a la espera de comer algo aun luego de haber comido ya. Cuando vino el mozo, todo vestido desde el cuello hasta los pies, y mirándolo con cara de “desaparecido yo”, promulgue: “¡Todavía no vengo a comer porque me ando buscando! Sepa disculpar mi no-presencia en esta su nueva mesa prefabricada y tráigame mientras me llego un vino frío y fino, para acompañar mi ausente ser y por lo consiguiente dos oportunos vasos para la bebida que solicito”. Tanta fue la demora que me pareció un absurdo el trayecto que va, desde los dos vasos traídos, el líquido promotor de accidentes, olvidos y alegres peleas con mujeres desvestidas para la misa del domingo y el “ir” y “venir” del empleado que me facilito de dicho vino cosecha de 1960, una agradable sensación de estertor..
Por lo igual y minutos después de haberme olvidado algunas fechas, me retire del afamado “Restaurante Impersonal”, bajo la premisa de nunca volver sin mi y echarle un ojo a la cara de la dueña encargada de atraer clientes. Acto seguido me dedique a esperarme en los sitios de costumbre por los que generalmente no conocía y resolver así la metafísica retrospectiva de haberme olvidado a mi mismo a la hora del baño, cuando ya habíamos resuelto de ante mano y contra mano, que iríamos a jugar una partida de ajedrez, en la calle 25 de mayo al 1810 esquina Constitución.