«La poesía profunda es un ser que crece como una planta, habiendo sumergido sus raíces en el yo entero; la fantasía más aérea puede engendrar dichos seres, y algunos florecen en el sueño, pero cierto proceso de maduración, cierta tensión espiritual, voluntaria o no, precede y prepara siempre estos partos.

Desearíamos ahora que esas imágenes del mundo caminaran en el interior del espíritu, quisiéramos esperar y acechar el instante de su metamorfosis, el instante en que se convertirán en símbolos (como se depositan finos cristales de escarcha sobre una rama invernal) de modo que encarnen a su vez, sin perder nada de su rareza efímera, un movimiento de lo eterno humano» (De Baudelaire al surrealismo, traducción de Juan José Domenchina, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1983, p. 214).