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Victor Hugo
Francia, Besançon (1802-1885)
A UNA MUJER
¡Niña!, si yo fuera rey daría mi reino,
mi trono, mi cetro y mi pueblo arrodillado,
mi corona de oro, mis piscinas de pórfido,
y mis flotas, para las que no bastaría el mar,
por una mirada tuya.
Si yo fuera Dios, la tierra y las olas,
los ángeles, los demonios sujetos a mi ley.
Y el profundo caos de profunda entraña,
la eternidad, el espacio, los cielos, los mundos
¡daría por un beso tuyo!
Alfred de Musset
Francia, París (1810-1857)
AMIGOS MÍOS...
Amigos míos, cuando me muera
plantad un sauce en el cementerio,
amo sus ramas desconsoladas,
su palidez amada es suave
y su sombra será ligera
a la tierra en que dormiré.
Sand, George
Francia, París (1804-1876)
LOS CABALLEROS DE BOIS-DORE Tomo 1 parte I (Fragmento)
"Entre los numerosos protegidos del favorito Concini, uno de los que menos llamaron la atención, a pesar de ser de los más notables, por su ingenio, su cultura y la distinción de sus maneras, fue don Antonio de Alvimar, un español de origen italiano, que se firmaba Sciarra de Alvimar. Era realmente un lindo caballero, que por su rostro no representaba más de veinte años, aunque en aquella época declarase tener treinta. Más bien bajo que alto, robusto sin parecerlo, ágil en todos los ejercicios, tenía que interesar a las mujeres por el brillo de sus ojos vivos y penetrantes y por el encanto de su conversación, tan frívola y amena con las bellas damas, como nutrida y llena de enjundia con los hombres serios; hablaba, casi sin acento, los principales idiomas europeos, y no estaba menos enterado de las lenguas antiguas.
A pesar de todos estos aparentes méritos, Sciarra de Alvimar no tramó, entre las numerosas intrigas de la corte de la regente, ninguna intriga personal; al menos, las que pudo soñar no se realizaron. Más tarde, y en confidencia íntima, declaró que hubiera deseado conquistar nada menos que a María de Médicis y reemplazar en los favores de esta reina a su propio señor y protector, el mariscal de Ancre.
Pero la balorda -como la llamaba Leonora Galigai- no prestó la menor atención al joven español, y no vio en él más que un insignificante oficial de fortuna, un subalterno sin porvenir. ¿Diose cuenta, al menos, de la pasión real o fingida del señor de Alvimar? La historia no lo dice, y el mismo Alvimar no lo supo nunca.
No es aventurado suponer que aquel hombre hubiera podido gustar, por su gracia y por los encantos de su persona, en el caso de que Concini no hubiera ocupado los pensamientos de la regente. Concini había partido de más bajo y no poseía la mitad de su inteligencia. Pero Alvimar llevaba en sí un obstáculo para alcanzar la elevada fortuna de los cortesanos, un obstáculo que su ambición no lograba vencer."


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