Y dijeron:
Si pudiera decirse palabras como hombrecitos de porcelana que miran otros mundos.

Y dije:
¡Siempre las palabras! Como estigmas de mi silencio.
Quisiera no llamar a las palabras, los emblemas, al viento detrás del jardín.
¿Pero que me quedaría?

Y sentenciaron:
¡Placenta estéril! ¡Cruces invalidas! ¡Llamamientos velados al sol! En fin, pequeños pactos dormidos en las cenizas.

Y dije:
¡Siempre las palabras! Como estigmas, como llagas, como algo indecible, irrenunciable.