Jugar con las palabras, para subir a los árboles de los ojos, para quedarme detrás de las sombras de las manos.
Jugar al filo de la locura, con el muñeco aniquilado de mi infancia; que se ha quedado al borde de un río esperando que los peces negros se vuelvan azules o verdes o ceniza.
Jugar a ganarse un “no morir” en cada esquina, sin que nadie lo sospeche.
Jugar con la cara de la lluvia delante de las personas sin paraguas, sin mascaras.
Jugar,
jugar,
siempre jugar y creer que los sudarios tapan la muerte, el sufrimiento, el llanto.
Jugar con mi desgarradura, con mis heridas, con todo lo innato en mi yendo a la otra orilla.
Jugar con la dama blanca, que toma píldoras con forma de avión y cierra los ojos creyendo que hay otro país cuando le brilla el negro de su mirada.
Jugar hasta que duela…