Y nada parece nuestro. Ni venido del otro lado.
Por eso el silencio es tan fuerte que las palabras se anudan al cuello como hojas secas.
Se pierde el lazo azul de lo humano, ya no sirve, no sirve ni para inútil adorno, la lengua, la cara, el tono.
Entonces el silencio es un chocar de huesos y de sangre, por calles oscuras o en flores que adornan impávidos deseos o adentro de cajas transparentes que ocultan la otra orilla del bosque.
Y nada se parece a lo nuestro, solo a esta jauría de muertos respirando en una densa bruma que huele como azufre pero recuerda a lilas, solo a esta madeja de imposibles sudarios intentando opacar la desgarradura en unas manos agudas.
Cuando llegue el final, alguno, ella, el niño o yo, hemos de construir el sentido del retorno (Que invisible, que fantasma, que espejismo).