Crepúsculo ambulatorio en las alas petrificadas del ave de mi niñez.
Como una canción perdida en los labios ausentes del muñeco de mis miedos.
Caer en este santuario de oferentes palabras debe ser como un ir hacia adentro de la nada a la espera de mi sentimiento imposible.
La casa pequeña se vuelve con rostros hacia los ojos y recrea los temblores de un equilibrista ciego.
Eterno deambular en la garganta de la reina del dolor y de los silencios amputados.
Como si en todo esto, mi ser fuera una fiesta de ausencias justificadas en la antigua edad de un sudario.
Mi rostro de voz
| 12, ago


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